UNA PUTA FINA

UNA PUTA FINA

No solo era la puta más bella de su cuadra, podría asegurar que lo era de todas las de la ciudad porque ella no vestía ropajes de colores fosforescente que darían vergüenza andarla del brazo ni se pintaba la cara como una payasa con demasiado maquillaje: vestía un vestido fino de color humo que dejaba al descubierto solo una parte de sus sensuales piernas (dejando para la imaginación todo lo demás)  y calzaba unas sandalias de cuero de cocodrilo. Sus ojos  parpadeaban y no hacían ningún otro movimiento. No era de las que se acostaba con cualquier borracho de mierda que pasara y le metiera mano o le dijera: <<zorra, cuánto cobras>>. No, no era de esas.

Yo la encontré en un bar de San Isidro. Ese día tenía en mis manos un libro de Julio Cortázar y apenas había leído el prólogo. Me había sentado en una mesita de madera de color marrón, bebiendo una cerveza que costaba cinco veces más caro que una copa de pisco, pero que helada pasaba delicioso por mi garganta, mientras esperaba a una amiga que es antropóloga porque me había dicho que su padre, de joven, había escrito un libro y que nunca se animó a publicarlo y  como tú eres de leer bastante y estás metido en esto, podrías revisarlo y darme tu crítica, a lo mucho son trescientas páginas en bruto. Ah, claro, no creo que sea problema, había aceptado. Por fin llegó, con pantalón jeans negro, una blusa blanca y unos tacos altos; tenía los labios pintados de rojo. Se la veía muy linda. Llegó algo desesperada, mirando su reloj y al verme dijo: 
    Perdona, no encontraba dónde estacionar mi auto.
  Quedé en silencio y bebí un trago más de cerveza. Esperé a que se sentara en un taburete frente a mí y le ofrecí mi cerveza:

— ¿Quieres un poco? O si prefieres pedimos uno para ti sola.

— Del tuyo está bien, no creo que tengas sida —bromeó. Ya la conocía  muy bien. Reí incongruentemente. Luego sonreí y ella hizo lo mismo. Su rostro estaba quemado por el sol, y parecía que recién hubiera salido escapándose de una tumba.

Por la puerta ingresó una chica, muy bella: era la chica de vestido color humo.  Miró si había alguna mesa vacía y nada. El bar estaba repleto.  Las luces psicodélicas, el griterío, algunas parejas bailando en la pista. Al costado mío  había una silla desocupada porque en cada mesa era para tres personas. Se acercó donde estaba con mi amiga y me dijo:

    ¿No les incomoda? — dio una mirada a la redonda, nosotros hicimos lo mismo.

La antropóloga se incomodó; luego dijo, airadamente, que en absoluto. La chica sonrió. Su sonrisa delicada y fina llamó la atención de los demás que estaban bebiendo en mesas contiguas y entre ellos se hacían señas y nos miraban. Cogió la silla que estaba sin ocupar y se sentó. Mi amiga empezó a  hablarme de la diégesis de  la obra que su padre había escrito: 

—Es una obra muy bonita. Se lo escribió a mi madre, cuando eran enamorados. ¡Dime si no es maravilloso!

— Salud —dije y le entregue mi botella. Bebió con emoción. Ya estaba cansado de que la gente  se autoelabe, o bueno en este caso ella la hija del autor y era poco probable escuchar un comentario crítico.

— Quisiera que alguien me escribiera algo. Quisiera ser la novia de un escritor —miró hacia el techo. De hecho, yo andaba completamente desinteresado en las mujeres desde hacía varios meses y quería seguir así porque si andas de tras de ellas se te escapan como venadas en el monte a su cazador. Lo mejor es mantenerse completamente solos y recurrir a métodos creativos, como en los cuentos de Ribeyro, bajo las sábanas. En todo caso hasta que alguien se compadezca de uno y le haga caso: si no las buscas vienen solitas.

—Pedimos otro trago — propuse mientras sacaba de mi casaca una colilla de cigarro. No le ofrecí porque sabía que no iba aceptar,  ella solamente bebe o fuma, nunca las dos cosas a la vez.

—Solo uno, porque tengo que manejar — respondió. Puso una de sus piernas encima de la otra. Se acomodó bien. Hizo hacia un costado su cabello, con su dedo cordial.

Fui a la barra y pedí no una cerveza, sino unas copas de tequila.  Regresé con las bebidas. La chica de vestido color humo dijo para sí misma, moviendo sus labios y sin emitir sonido: << Mierdas>>. No le presté atención. Bebimos las copas de tequila,  pedimos más cervezas y la chica de falda color humo también estaba ebria porque había pedido una botella de vino y nosotros ni cuenta nos habíamos dado. La antropóloga seguía contándome sobre el libro de su padre: 

— Es sobre un amor a escondidas. ¿Te imaginas qué pasaría si tuvieras un amor a escondidas? O sea, lo escondes por algo. Mi madre era de la Sierra y mi padre de Lima, por nada del mundo podía aceptarse una relación como esa. Una chola de piel cobriza y dura con un limeño blancón y encima de clases sociales muy distintas —<<como si fuera novedad>>, pensaba. La chica de falda color humo con su pie rosaba mi velluda rodilla. La antropóloga ya estaba mareada, me miró seriamente  y  dijo, con un gesto de desprecio: — Esa, chica... No me cae — pronto se calmó y continuó hablando a cerca del   libro:   —  pero mi padre... la amaba.

La chica nos miraba con ojos tristes y azules y escuchaba atentísima lo que la antropóloga me contaba, pero como que con miedo y timidez. De rato en rato volvía a acariciar mis rodillas velludas con su pie. El dedo gordo de su pie estaba llegando cerca de mis partes más sensibles, — temía un golpe — pero tampoco quería que mi amiga se diera cuenta y siguiera contándome porque ¡Diablos que los pies de la chica me excitaban y no podía evitarlo! La antropóloga le dijo a la chica de falda color humo: 

—Se-ño-rita. Usted, sí, usted que es...tá sentada al costado de mi amigo... Je je — con las justas podía hablar —. ¿Quiere que le invite una copita?
—... con mucho gusto... — Respondió con una voz fina y tímida la chica de vestido color humo.

—  Entonces, us...ted cómo... se llama, señorita dama caballerosa. – Dije, mi cabeza daba vueltas.

— Yo... me llamo Norma... — su voz era como el sonido de una quena bien afinada.

— ¡Mi padre ha escrito una novela a mi madre! Dime si...— la antropóloga se puso a llorar. Este es un momento incómodo porque las mujeres ebrias o bien te besan o bien se ponen a llorar o bien tiran las cosas o se ponen a cantar, son demasiado impredecibles.

— Ya cálmate...Sí es una historia muy bo...ni...ta —la consolé. Hundió su cabeza en mi pecho y lloró como una niña.

Norma también se puso a llorar.  Mi amiga se soltó de mis brazos y ambas pusieron sus cabezas sobre la mesa, como para que fueran degolladas, tirando sus cabellos rubios y lacios para delante, lloraron. Las miraba y me creía sobrio.


<<En media hora cerramos el bar>>, dijeron los trabajadores. La antropóloga levantó su cabeza de la mesa y abruptamente, dijo:

— Entonces, dime puto...  ¿Te gustó la historia? 

—Necesito... le-er... el texto comple...—  respondí y emboqué otro cigarrillo. Estaba bebido. Empecé a recordar a mis ex porque cuando estás solo no tienes más remedios que recordar a tus ex o ponerte a planear cómo conquistar a otra. Cada una de ellas le había designado un dedo de mis manos y me reía, pero no decía nada.

—Ya vamos — dijo Norma. Se puso de pie.


 Los demás nos miraron, la falda de Norma era como el de una mariposa en el campo y el aroma de su perfume  como el de una  orquídea en peligro de extinción. Se arrimó en mi hombro. Mi amiga, la antropóloga, en un principio no quería levantarse pero de tanto que la insistí y de tanto que estaban a punto de cerrar el bar, reaccionó:

— Sí, nos... Vamos a la puta-madre. Me oyes, la historia de mis padres es muy linda. Vamos a la puta, mierda.

— Vamos —  respondí.

    Saqué el auto de la playa de estacionamiento y subí a las dos chicas. Las puse en los asientos traseros para que vomitaran. Conduje. Era muy de noche, no habían policías de tránsito que jodieran la paciencia ni locos desquiciados, pidiendo que manejara bien. Choqué contra un semáforo y a la mierda, pisé el acelerador y avancé.

— Qué... — intentó despertar la antropóloga.

— Shhhh... — la callé.
 Llegamos a la casa de la antropóloga, metí su auto en su garaje y salí a la calle arrimando a Norma para que no se cayera, de pronto metió su brazo izquierdo en mi hombro y caminó a mi ritmo. La poca gente que me veía abrazándola me envidiaba, porque yo, enano y horrible, con una dama hermosa y de espalda recta y un culo que tenía la figura de un pan francés, era casi inverosímil. La conduje a mi casa, a tres cuadras del de la antropóloga.
 Abrí mi puerta y ella ingresó. Entramos a mi cuarto con los pies de puntillas y descalzos, no quería despertar a los demás y menos explicarles sobre la visita, que diablos les diría, que la conocí en un bar, que nos hicimos amigos, que somos conocidos, que somos qué, lo mejor fue que todo fuera a escondidas. La abuela roncaba, mi tío y novia hacían bulla en un cuarto y mi perro dormía de lo más feliz en su casita.

— Quiero hacer pichirrún — dijo y casi se cae.

—El baño queda al frente  — le dije, apuntando hacia el baño. Agregué: —no descargues el tanque, por favor. Que no se den cuenta que he llegado. Abrió despacito la puerta de mi cuarto y se metió a baño.

Cuando volvió yo ya estaba en pijamas. Había tirado al suelo unas frazadas para cederle mi cama porque después de todo, el hecho de que estuviera muy buena y excitante no hacía que la conociera y supiera de sus sentimientos. El suelo es una buena opción para evitar contacto carnal.

— Tú dormirás en la cama —le dije y tambaleé, no se me pasaba el efecto del alcohol. Me recosté a dormir, escuchué que se hablaba sola.


    Yo... Ji, ji.   Yo... jo, jo... — reía. 

 Se tiró a mi cama, con su ropa encima y sin taparse con el edredón. Se quedó dormida, boca abajo. Su vestido se había subido y su bronceada piel me ponía en aprietos.

<<Tranquilo mierda, no seas pajero>>, me dije. 

 Levanté su cuerpo y la acomodé bien. Puse debajo de su cabeza una almohada y la cubrí con el edredón y me tiré al suelo a intentar dormir.
<<Es bellísima, es bellísima>>, pensaba. <<Duerme, carajo>>, me reprimía.
 La noche no acababa pronto, tenía a una mujer muy bella en mi cama y yo tirado en el suelo, como esos perros que andan de tras de una perra en celos pero que le han puesto un calzón para que no las empreñaran. Sentí la mano de Norma acariciar mi rostro. <<Está mareada, eso es todo>>, me dije. 

—Ven, sube. No soporto verte dormir tirado en el suelo y yo toda campante en tu cama  — su aliento olía a alcohol y sumado al mío que también olía a alcohol más cigarro, hacían que mi cuarto oliera cantina.

—  Descansa  — fue lo único que atiné a decir.

— Yo duermo en el suelo  — quiso insistir.

— No, tranquila, hablaremos más tarde — dije y cerré mis ojos con mucho esfuerzo. Debía creer que se trataba de un sueño erótico o algo así por el estilo, me di una cachetada y dormí.

Cuando desperté el televisor estaba encendido, Norma  miraba el noticiero. Estaba desnuda, pero se cubría con la sábana. Se había quitado el vestido y su cabello estaba mojado. Le pregunté, asombrado:
    ¿Te has bañado?

—...Sí...  —Respondió y se tapó el rostro avergonzada. Me levanté y acomodé las frazadas del suelo en una caja y dije: 

— iré a ver si hay algo de comer en la cocina.

 Salí con mucha pereza. Fui a la cocina y encontré un poco de chuleta de la noche anterior, lo corté en dos pedazos y con un poco de leche, se lo llevé a mi cuarto. Empujé la puerta y estaba un poco dura. Había olvidado incluso que vivía con mi familia. Ellos dormían hasta tarde porque era domingo. Excepto mamá que se había ido a la misa de las siete de la mañana.

— Empuja con fuerza —oí una voz desde adentro. Lo hice.

Estaba recostada en la cama, completamente desnuda y descubierta. Solté los platos al suelo. 

— Ven — dijo.

Me acerqué y ella se lanzó a mi cuello.

— Quiero hacer el amor. A estas horas me dan ganas de hacer el amor  — esteba un poco nerviosa.
 Su cuerpo tibio y su piel suave me enredaron pronto. Comprendí que aquella no cnohe no se había echado perfume, sino que era el olor natural de su cuerpo. Empuñó mi cabello, yo desordené el de ella; pasé mis manos por sus muslos. La besé en la boca, luego en los senos. Sus manos tocaban mi espalda, hacía círculos como un masaje. La besé en los ombligos y la seguí besando hasta sus nubes nocturnas. Ella empezó a despojarme de mis prendas. Su piel delicada y su sonrisita risueña me hicieron subir al cien. Como quien gana una batalla subí encima de ella  esta dejó al descubierto el bosque donde cualquiera se perdería.

    Despacito, despacito se siente mejor  —susurró en mis oídos y su aliento tibio llegó hasta mi rostro y lo cubrió por completo.


— Des...  — intentaba decir, ahogándole en sus propios gemidos: — pa... si...  — casi no podía completar la oración. De pronto, con una combinación de grito y gemido completó — ¡tó!
Con miedo y pasión la poseí. Porque sexo sin miedo es como meter la pija en cualquier hueco menos en el de una mujer. Nos quedamos sin fuerzas y mi cubrecama, en una parte, mojada, como enlagunado. Cubrimos nuestros cuerpos con la sábana. Ella se recostó en mi pecho y se puso a jugar con mis tetillas: jalaba los bellos que habían crecido en la aureola y me dolía y ella se reía. Luego me levanté y fui a verme frente al espejo que estaba frente a la cama: vi mi rostro horrible y vi en la cama a Norma, muy fina, muy lábil, muy todo.
     Eran ciento vente soles, pero para ti es gratis. Te has portado bien con migo anoche y me gustas mucho.  — Dijo seria. Quedé consternado por un momento, fue tan delicioso acostarme con ella que era como una cachetada lo que acababa de decir, pero, convencido y consolado, le pregunté:

— ¿Por cuánto tiempo?

— Indefinido. Enamoras ­— Murmuró.

 Me recosté al lado de ella. Tocó mi pecho velludo: <<segundo raund>>, pensé y fui al ataque.

—  Después de esta me tengo que ir  — Susurró mientras lo hacíamos.

— No hay problema —Contesté casi monótonamente, como si estuviera acostumbrado a acostarme con chicas bellas como ella.

Descansamos por buen rato tirados en la cama, como Adán y Eva, o más que eso, como Norma y Yo. Luego le dije que se tenía que ir, que ella lo había decidido así. Nos duchamos y vestimos. La llevé a tomar desayuno: un caldo de gallina (mi tío dice que es un buen “levanta muertos”) y luego llamé un taxi y la llevó a San Isidro. Dijo que vivía cerca del bar donde nos habíamos encontrado.

<<En qué momento olvidé el libro de Cortázar. Carajo, siempre lo mismo con migo. No recuerdo que mi amiga me haya dado la novela de su padre para leerlo>>, pensé mientras Norma se marchaba y volví a casa a seguir durmiendo, pues era domingo al final de cuentas. Tuve que comprar otro libro del mismo autor y la misma novela, sí que me salió caro después de todo.
FIN

Lima 31 de diciembre del 2014

 Autor: Tafurovsky




Nota del autor:
 Escribir este cuento fue todo un mundo de risas, de ironía, de absurdo porque recuerdo que el treinta y uno de diciembre del 2014 estuve sentado frente a mi cuaderno cuadriculado y la pluma que me había regalado uno de mis amigos koreanos Y acompañado con una botella de vino, y de pronto: zaz <<las p… son lindas… Una p… fina>> Así empecé a redactar, luego dejé que la historia corriera por su propia cuenta. 

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