MIEDO Y AMOR
MIEDO
Y AMOR
— Y
ahora a dónde iremos, todo es un caos. —Dijo Sandra.
— No
lo sé, pero a nada bueno. — Contestó Lizet.
— Ja
j aja. Vámonos.
Lizet pasó su delicada mano por el músculo
carnoso del pecho de Sandra y esta le devolvió una mirada tímida y seductora,
como entregándose por completo a lo solicitado. La policía había hecho explotar
bombas lagrimógenas y golpeado a todo mundo. Las calles estaban oscuras; de
rato en rato un efectivo pasaba o montado en una moto o en un caballo. La
gente aún lagrimeaba y tosía; por el suelo se podía ver a algunos periodistas tirados con sus cámaras
en sus cuellos y un grupo de jóvenes que trataban de ayudarlo haciéndole oler
vinagre o alcohol. Algunos jóvenes estaban ensangrentados y otros caminaban
desesperados, buscando a sus demás amigos.
Sandra sintió el deseo infinito de abrazar y besar a Lizet, quien tenía los ojos achinados, el cabello lacio y un cuerpo envidiable. Los labios de Lizet se humedecieron, el de Sandra también, sigilosamente también deseaba. La gente empezaba a correr despavorida: la policía los estaba persiguiendo. Cogidas de la mano se pararon debajo de un poste el cual no tenía foco porque en la manifestación lo habían reventado. Se abrazaron y ambas sintieron un deseo interno que las atraía y se besaron. Dejaron que la gente y el mundo avancen mientras ellas se detenían a entregarse mucho cariño amor.
— ¿Quieres que vayamos a mi casa esta noche? — propuso Lizet.
— No
estoy segura — respondió Sandra, sintiendo que se odiaba por no aceptar la
propuesta.
— Vamos,
esque ya es tarde.
— Tienes
razón, pero…
— Confía
en mí, linda — Lizet sonrió. Una sonrisa que era capaz de hipnotizar.
Sandra se quedó sin palabras. Sus manos estaban aferradas a las caderas de Lizet y esta, mucho más decidida y segura, le cogía el cabello y lo enredaba.
— Es
tarde. No hay carro para que vayas a tu casa. Haber, dime, ¿cómo piensas llegar
a tu casa? —Sandra la miraba aturdida porque tenía razón, no había forma de
volver a casa. << No se puede confiar en los taxistas. >>, meditó.
—No sabes, verdad. Vamos a mi casa y dormimos en mi cuarto. Mi cama es bien
grande, podrían caber hasta cinco personas.
— Já
Las calles cada vez se volvían más silenciosas y oscuras. Mal hechores, prostitutas y transexuales empezaban a hacerse dueños.
— Está bien. Iremos a tu casa y dormiremos en tu cuarto
—contestó en un solo respiro.
Lizet sonrió y con ojos marrones color miel le hizo un guiño; acercó sus labios y se besaron muy suave y tímidamente, procurando entregar mucho amor y no dejarse llevar por las bajas pasiones. Los policías se acercaron al poste en donde estaban y uno de ellos dijo, con una voz autoritaria:
<<— Lárguense,
señoritas, por favor.
Tal vez intentaba ser educado, pero no podía porque estaba entrenado para ordenar. Las jóvenes no se soltaron las manos y avanzaron. Caminaron por ratos muy despacio, como esperando a que amaneciera pronto; por ratos caminaron rápido, como sintiendo vergüenza. Sandra agachaba la cabeza, sonrojaba y tiritaba. Toda la ciudad parecía estar dormida, menos en las fábricas por donde pasaban porque ellos trabajan día y noche. Los guachimanes hacían sonar sus pitos cuando las veían pasar.
Cuando llegaron a la puerta de la casa de
Lizet ella pidió que la esperara en la puerta, pero Sandra tenía mucho frío.
— Préstame tu casaca, por favor… —pidió tímidamente con su con suave y melódica.
— Ya,
pero un ratito no más — se lo entregó.
Lizet ingresó a su casa, pidió permiso a su mamá para que su amiga venga a pasar el resto de lo que queda de la noche en su cuarto. No hubo respuesta.
— Sandra, pasa puedes pasar — dijo Lizet apenas abrió la puerta.
Ingresaron en silencio, de puntillas, al cuarto de Lizet. Las paredes estaban pintados de color rosado y en la cama había un peluche con forma de corazón que dijo que le había regalado Carlos.
— Sácate la ropa. Vas a necesitar ropa limpia y sin arrugas mañana — pidió Lizet.
— Hay,
pero me da vergüenza — respondió y tímidamente se sacó la casaca.
—
¡Apúrate!
Tengo sueño. O quieres dormir en el suelo — bromeó.
—
No…
Lizet se acercó a Sandra y fue ella quien la desvistió. A Sandra le cayeron unas lágrimas.
— No quiero que me veas desnuda porque estoy gorda y me da vergüenza. En cambio tú tienes un lindo pompis y…
—
Hay,
cállate.
—
Está
bien —cerró los ojos y se dejó desvestir.
—
Ni
que fuera para tanto.
Lizet le prestó un pijama y se recostaron en la cama que olía muy rico: un perfume femenino caro.
— Esta almohada es para ti — dijo Lizet. Dio un suspiro, el último antes de dormir.
Sandra permanecía recostada en la cama. Era
la primera vez que dormía con su amiga y sentía algo muy extraño dentro de
ella: algo no andaba nada bien. Lizet estaba recostada boca arriba y Sandra la
observada con envidia. Las curvas más perfectas
que ella deseaba tener, la piel más clara, suave y envidiable que podía
imaginarse. Decidió acariciarla suavemente, total que Lizet duerme como una
piedra, eso le había confesado ella misma hacía unos días.
— Me faltaba darte un besito de buenas noches. —despertó y le dio un beso en la boca. Casi al instante volvió a dormirse. Sandra se asustó.
—
Li-zet…
—
Dime
mi amor.
—
¡Te
deseo! —dijo desesperada.
—
Pero
tú eres bien feiata —respondió medio dormida.
—
Mala.
— No, mentira.
Se abrazaron.
— Detesto que la gente nos vea — susurró Sandra.
—
Y
qué chicha nos importa. Si solamente somos tú y yo.
—
Te
amo.
—
Yo
no.
—
Por
qué.
—
Porque
no quiero.
—
Me
haces sufrir.
—
Mentira,
sí te amo — deslizó su leve cuerpo por encima del de Sandra: “y que tal
si…”—te amo.
—
Te
prometo que bajaré de peso. Saldré a correr todas las mañanas—prométeme algo
más: “que siempre me vas a amar” —pero te prometo que bajaré de peso.
—
¡Sandra!
Promete amarme.
—
Está
bien, te prometo.
—
Y
que serás solamente mía.
—
Y
que seré solamente tuya. Pero tú también prométemelo.
—
No
puedo.
—
Ya
vez. Tu eres injusta con migo.
—
Pero
sí te prometo que te amo.
—
Está
bien, que sea así.
Ambas completamente desnudas y abrazadas estaban recostadas en la cama. El cuarto olía a sexo, a derroche de amor. Objetos extraños tirados por los costados de la cama.
—
Tuve
mucho miedo ahora —dijo despacito Sandra.
—
Por
qué —contestó Lizet. Prendió la luz.
-
—
No, no lo hagas. No quiero que me veas desnuda.
No hizo caso y dejó la luz encendida; luego sacó de su mesa de noche un cigarrillo. Empezó a fumar y echar el humo en la cara de Sandra y esta se cubrió el cuerpo con una sábana floreada que había en la cama.
— ¿Qué tanto tienes vergüenza?
—
No
ya.
—
Entonces
tuviste miedo en la marcha.
—
Sí.
—
A
mí me excitó. Uno de los policías estaba bien churro.
—
Hay,
cállate.
—
Era
alto y fuerte.
—
Te
hubiera hecho llorar.
—
Tal
vez. Pero eso me gusta.
—
No.
—
Deberas.
—
…
—
Si
lo hubieras visto
—
…
—
Oye,
todavía no duermas
—
N…
—
Ya
se durmió.
—
…
Sandra se quedó dormida en los brazos de Lizet.
— Ya
es hora de levantarse Lizet. Hay que levantarnos.
— Chao,
no quiero.
— Apúrate,
tengo que irme a mi casa.
— Ya,
ya, ya voy. Dios mío, qué pesada…
Se desperezó y se levantó. Corrió a su refrigerador para buscar leche deslactosada e invitar a Sandra. Pero se demoró un poco.
— Mi amor, traje esto — dijo a Sandra que ya estaba bien lavadita, perfumadita y maquillada. Dejó a un lado la fuente con los vasos de leche y las galletas con miel de abeja y reaccionó:
— ¡Pero
no me has pedido mis cosméticos!
— Hay,
perdóname… —agachó la cabeza —pero tu me dijiste hace un tiempo que todo lo
tuyo era mío…
— No
importa. Te permito todo.
— Gracias...
Comieron y salieron del cuarto de Lizet, de puntillas, para dirigirse a la puerta que daba hacia la calle. Lizet giró la llave y la abrió: había gente en la calle.
— Chau — dijo Lizet.
— Cuándo
nos volveremos a ver — preguntó Sandra.
— El
lunes 22, en la segunda marcha. En la revancha. Traes tu bomba molotov.
— Rieron.
Sandra caminó pensativa un par de cuadras. Los chicos la silbaban y le decían piropos<<el cielo se ha roto y caen las angelitas>>. Hizo señas a un taxi para que la recogiera y este se estacionó en donde ella estaba. Miró hacia la casa de Lizet. <<Lunes 22>>, pensó. Subió al taxi y se marchó.
Autor: El indecenteTafurovsky.
Lima
2015
Correctores: Aaron Torres

Comentarios
Publicar un comentario