CUENTO PARA MI GATO


CUENTO PARA MI GATO
Por la paz en Palestina
     Mi gato me pide que le cuente un cuento y como es mi gato, le contaré sobre otro gato. Ha erguido sus orejitas. Se mete ronroneando entre mis piernas. Dice miau dulce y tiernamente. Su pelo marrón brilla. Se queda quieto y atento cuando empiezo a hablarle:

      Vivía alquilado en un mini departamento de San Luis, frente al parque Los Reyes, donde todos los días eran floreados, llenos de alegría;  las sonrisas grandes de sus habitantes, con sus viejas chismosas que se paran en la ventana de sus casas todo el día. Solía sacar mi cabeza por la ventana para ver el paisaje al amanecer y al atardecer. Frente a donde vivía (en una casa de cuatro pisos y con casita feliz incluido), vivía  Silvana en una casa pintada de color rosado. Aquella tenía las ventanas grandes pero no tanto como la de las iglesias.

 Alta, cabello lacio y medio castaño; cuerpo esculpido con el amor de un escultor y una mirada, una mirada tan de ida y tan de vuelta, tan de frente, tan al cielo de ojos marrones.
Solamente la podía ver por la ventana porque ella no salía de su casa más que para ir a la misa los domingos a las siete y media de la mañana; también de lunes a viernes, a las siete de la mañana, cuando el carro escolar la venía a recoger.
 Por lo demás solo se dedicaba a estudiar y ya se la veía leyendo un libro (cuando abría la cortina de su ventana) ya se la veía contestando alguna llamada; sonriendo, redondeando sus labios para silbar alguna balada.

 El Sol brillaba en su pelo y dientes blancos. Sus labios delicadamente pintados de rojo, a veces; de rosado, otras veces. Todo dependía del color de la falda, pantalón, polo o lo que llevara puesta encima.

Yo leía los poemas de Marcos Martos y trataba de interpretar los poemas de Angie Huancas y darles el sentido de la belleza de Silvana.
Suspiraba en silencio…

      Mi gato me ronronea cuando hago un poco de silencio en cada punto seguido. Continúo:
     En la cocina la abuela dejaba servido en la mesa un plato de arroz con carne cocida. Qué carne, solo escuchaba esa palabra de vez en cuando porque no lo encontraba, desde hace algunos meses.
Un día reclamé a la abuela y me dijo que siempre me dejaban carne en la mesa.
No dije nada más.

       Silvana estudiaba muy concentrada.
 Estaba empezando el verano y como en los momentos en que las mujeres se ven sumamente hermosas es cuando están concentradas en algo que las apasiona, con el Sol que las empaña y mientras duermen dulcemente y no se sabe ni qué soñaran porque después de todo son humanos igual que nosotros; abren sus boquitas para hablar entre sueños.
 Así la veía. 
                                                                                                                                                      Contra todos mis principios me bañaba y me ponía mi mejor ropa para salir a mi ventana o para salir al parque y pararme en el medio, con la esperanza de que ella saliera de su casa aunque sea para comprar algo a la tienda de la esquina y nos cruzáramos.
Así eran todas mis tardes.
 Entraba a la cocina y estaba mi plato servido.                                                                                       Otra vez sin carne.
Un día destapé la olla con miedo y encontré solamente el aderezo de la carne.
Pregunté a mi tío y él, con cara de poto, me dijo que sí me habían dejado en la olla.

       En la casa de Silvana estaban de fiesta.
Ella se había puesto una falda roja con unos tacos también rojos y sus labios pintados también de rojo.
 La veía tan alegre, tan linda…

    Miau Tafur, que no es un cuento erótico, verdad.
Y dónde aparece el gato si tú me prometiste contar un cuento sobre un gato y me estás hablando de Silvana, seguro que debe ser otra de tus ex — interrumpe mi gato.

    Ya Michi, ahí te va:    En la fiesta de Silvana ella estaba como nunca.
Desde la ventana la miraba en silencio, como un espía enamorado.
Mi familia estaba  en aquella casa y yo me había quedado a cuidar la mía.
 Escuché un ruido extraño en la cocina.

    ¡Miau!, ¿el cuco? — abre sus ojos asustado.

     No Michi, era un gato. 
 El muy condenado con sus patitas delanteras corría la tapa de la olla, sacaba la carne; lo volvía a tapar con el mismo estilo y se largaba por el techo.

    Miaaau…

    Era plomo, flacuchento y sucio.
 Observé todos sus movimientos.
 Volví a la ventana y Silvana estaba bailando con un tipo que vestía un terno fino y una corbata con nudo peculiar.
“Es solo un baile, normal”, pensé.
 Vi a mi tío y a mi abuela bailando también.
 Cerraron las cortinas.
 Me metí a mi cuarto.
 Cogí un lapicero y mi cuaderno de matemáticas para ponerme a escribir algunos versos.

    Miau Tafur, qué más …

    Ah, al día siguiente, cuando regresé de la preparatoria otra vez no encontré carne en mi plato ni en la olla.
El gato plomo se escapó con un pedazo.

    … — mueve su cabecita, su barba me hace gracia.

    ¿No que no querías que no hable de ella?

    Miau Tafur, ahora sí.

    Bueno, Silvana… —aguanto la respiración unos segundos — un día cogí todos los versos — boto despacito el aire de mis pulmones — y poemas que había escrito para ella.
 Los puse en sobre manila y lo llevé para tirarlo debajo de su puerta.
 Mala suerte.
 En el momento que metí por la rendija de su puerta, su perro ladró y salieron sus padres.

    Miaaau ¿Y qué hiciste?

    Qué crees Michi.
Les di para que la entregaran.
Se rieron porque el sobre tenía la forma de un corazón.
Lo había cortado así.

    Miau ¿Y mi colega Gato?

    Ese… condenado.
Volví a casa después del embarazoso momento.
 Fui a mi cocina y lo encontré con manos en la masa, que digo, con las patas en la masa.

    Miau en la olla será.

    Claro, con sus patas en la olla.
 Lo acorralé y ¡zaz!

    ¡Miau! — Michi tiembla.

    Lo atrapé y lo cogí de sus cuatro patas.
 Luego lo llevé a la azotea y lo tiré a la pista de la calle.

    ¿Miau desde el cuarto piso?

    Sí Michi.
Desde el cuarto piso.
 El pobre voló por los aires y mientras caía al suelo maullaba haciendo una bulla parecida al de los bebés cuando lloran.

    Miau que miedo…

    En la calle sonó como si un saco de arroz se desplomara.
Era el gato.
 Este se quedó tendido.

    Miau, entonces murió.

    Ustedes, Michi, tienen siete vidas.
 El gato poco a poco reaccionó y en cinco minutos se levantó para marcharse cojeando.
Otro gato color candela lo vio todo.

    Miau ¿Silvana?

    Sus padres sí le entregaron el sobre.
 Vino a mi casa a buscarme y tocó el timbre.
 Vi por la ventana que era ella y corriendo me fui a la ducha.
Me bañé en menos de dos minutos, en un dos por tres me cambié y me eché un poco de perfume.
Salí un poco nervioso: “¿Me esperaste bastante?”, pregunté.
 Contestó ella: “sí, pero no importa.
 Leí tus escritos y me encantaron — quedé perplejo—. Yo también escribo algunas cosas. Toma —me alcanzó un cuaderno— ¿Qué te parecen?
 Escribo pidiendo la paz en el mundo”.
Me mostró una bandera de Palestina.
Empecé a hablar: “Soy romántico y amo el amor, a las mujeres, a la vida en sí misma y sé que una guerra no beneficia a todos y es  para una minoría. Después de todo, una guerra religiosa… que se vayan a la… ”
De un momento a otro, pasó por nuestro costado el gato color candela.
 Silvana lo llamó haciendo cariño y este vino hacia ella: “Que lindo gatito”. “Oh sí, muy lindo”, aseveré.
 El gato me miró y con miedo se alejó.
 También cojeando.

    ¿Miau, pasó algo con Silvana?

    Escribía muy bien.
Sus padres la llamaron y se fue con la promesa de conversar por la noche.

—Miau. Me aburrió tu cuento. Me voy.

        Mi gato se va.
No sé qué le pasa, parece resentido.
Silvana hoy vendrá a mi casa. Seguramente hablaremos sobre la ONU y ella se pondrá a rezar por la paz en el mundo, como suele hacerlo.

.

 San Miguel, Lima,  28 octubre del 2015
  

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Título: Cuento para mi gato.
Autor: Marco Antonio Tafur Trigoso.
Corrector de ortografía: Fernando Aaron Torres
                                                                                 fernando.torres@unmsm.edu.pe
         

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